Nicanor y la Fe

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Nicanor Parra - Archivos Biblioteca Nacional de Chile

(Foto: Archivo Biblioteca Nacional de Chile)

Por Alfred Cooper

Me habían dicho que era imposible. La noche anterior, el viernes 4 de septiembre de 2015, en el Te Deum de El Tabo, supe que Nicanor Parra, poeta ilustre a quien siempre he admirado, vivía a 7 minutos en Las Cruces. Pero al preguntar cómo se le podía visitar la respuesta era la misma siempre: “ES IMPOSIBLE. ÉL NO RECIBE A NADIE. NI PARA SU CUMPLEAÑOS DE 101 AÑOS RECIBIÓ A ALGUIEN APARTE DE SU MÁS CERCANA FAMILIA”. Hasta el alcalde, a quien me había acercado para pedir ayuda en entrar a su casa, me dijo lo mismo: “Pero es que a mí no me recibe”.

Al día siguiente me levanté a orar temprano y recibí la clara instrucción de ir a encontrar su casa. Partí de Algarrobo a eso de las 8:30 y llegué buscando la casa. Un tartamudo me dio las mejores instrucciones: “Busque el Volkswagen”. Hasta que llegué a su “club de Nicanor Parra” y leí en la entrada: “¿Y ahora quién nos librará de los libertadores?”. Cuando la encontré me puse a orar de nuevo. Quería traerle las buenas noticias del Cristo resucitado que había penetrado mi propio ateísmo en un período de mi vida. Recibí un nuevo horario. Las “10:20”.  Ofrenda de Pan Amasado. Visité al panadero local que me confirmó que le gustaba el pan amasado.  Me acerqué con el humeante y caliente paquete en bolsa de papel a la reja que estaba cerrada con candado. Nadie respondía. Entré por el lado y toqué la puerta. Apareció la nana Rosita y me retó: “¡Qué está haciendo acá!  ¿Cómo se atreve?”. La nana Rosita, mapuche y brava, estaba para cuidar y proteger al Poeta. Le expliqué y le entregué el “regalo de cumpleaños del pan amasado”. Además, le mostré mi identificación pasada de Capellán de La Moneda. Esperé 5 larguísimos minutos. Finalmente apareció y, sonriendo, me dejó entrar la misma Rosita.

Luego de unos minutos conversando con la nana, me mostró “la Cruz – Voy y vuelvo”.  Ví al alcance en el sofá, algo que me sorprendió: una Biblia Reina Valera. Entró el Poeta.  Lo reconocí de las fotos,  pero era más pequeño, anciano y tierno de lo que esperaba, ¡acababa de cumplir 101 años!

Con esa “máscara” Nicanor Parra me preguntó:

- ¿Con quién hablo? -como si se estuviera comunicando conmigo por el auricular de un teléfono.

- Con Alfred Cooper, ex-Capellán de La Moneda.

Se sacó el gorrito y me miró como en falsa actitud de respeto, sonriendo. Yo me saqué el sombrero e hice una similar reverencia. Nos reímos y comenzó el juego con el anti-Poeta.

- Qué inmenso privilegio me da, Poeta, al concederme esta entrevista. Le prometo ser breve.

Me señaló para que me sentara y yo comencé:

- Poeta… “¡Voy y vuelvo!” ¡Explíquemelo!  

- Ahhh… pero eso es …. ¿sabe de donde proviene?

- Creo que sí, pero dígame.

- De Ecuador, en una región no les gusta despedirse y dicen “voy y vuelvo”.

- Tremendo, Poeta, pero ¿por qué la Cruz?

- Ahhh… porque VUELVE.

- Yo vine, Poeta, pasando la otra casa -supo de inmediato que me refería a la de Neruda- porque a usted lo encuentro más creyente. Me hace pensar en Unamuno, ¿se acuerda? El que creía pero no creía…

Me miró un momento y dijo:

- “UNAMONO”…  Ja, Ja Ja- nos reímos.

- Por un tiempo -continúo algo inseguro- fui discípulo de Sartre, ¿recuerda que él dijo “El problema no es que no haya nada; el problema es que hay algo”? Mientras estudiaba en Inglaterra me hice ateo leyendo a Sartre.

Me interrumpió y en perfecto inglés comenzó a recitar el famoso speech de Hamlet: “To be or not to be. That is the question”. Yo quedé atónito, verdaderamente. Entonces le dije:

- Poeta, usted tiene 101 años, yo 65, y su mente está lejos en mejores condiciones que la mía.

Se rió. Le gustaba que yo apreciara lo suyo y hablamos en inglés por un momento.  Le comenté que había paseado recién con mi esposa por Inglaterra y me explicó que había estudiado en St. Catherine’s College, Oxford.  Tuve la impresión de que me estaba poniendo a prueba.

- ¿Es usted un Profeta?- me pregunta abriendo enormes ojos como lunas- Are you THE PROPHET? Are you THE CHRIST?

- No, Poeta, le explico. I am nothing, the donkey who took Jesus on his back- dije y él se rió de nuevo. ¿Ha leído a Sartre? –hice la pregunta porque no me parecía registrar con referencias a Sartre. Él me clavó una mirada desafiante.

- ¿Y usted ha leído a Heiddeger? ¿Ha leído a Wittgenstein?

- “Ante todas las grandes preguntas, le digo, no hay más que silencio”- cité a Wittgenstein con voz de oratoria griega. Se colocó en pose de niño chico y aplaudió con alegría.  

- Veo que le gusta lo de la filosofía -de repente hizo un gesto de boxeador- ¡Los he leído a todos! ¡Mire! -me señaló un libro que está leyendo de un autor poco conocido que describe la vida de chilenos debajo de puentes- Es una MARAVILLA ese libro.

Yo le describí cómo en mi ateísmo unos cristianos me hablaron de la resurrección de Cristo y cómo afuera de Segovia había pedido a Jesús entrar a mi vida y cómo había entrado. Sonreía ante mi relato. Parecía agradarle el hecho de que me atreviera entrar a su templo personal con Jesús.

Comenzó a citar el Salmo 23: “Though I walk through the valley of the shadow of death I will fear no evil…”

Decidí ser más personal y me describió sus creencias, sus cuatro pasos de Budísmo que lo tienen tan joven. Novato, Discípulo, Asceta y La Mariposa que se va…  Ahí entraba en explicarme que su ambición es llegar allí como los que llegan a la cuarta etapa y ya no sienten “la enorme vergüenza de querer existir”. Absorbí, de a poco, su anti-fe. Rosita me apuró desde la puerta.

- No se apure tanto -me dijo- parece que no tiene interés.

- No, poeta, ¡es que le tengo miedo a esa mujer!

Se rió y le pidió a Rosita:

- ¿Le ofreció a nuestra visita un te?

Era una buena señal de que efectivamente estaba entretenido hablando. Siguió con el Budísmo y repitiendo lo de “la enorme vergüenza de querer existir”. Me habló de demonios que tiene que conquistar.

- Poeta, yo los echo fuera constantemente.

Le llevé a su Biblia y le dejé mi tarjeta de presentación y un folleto llamado “Cómo puedo encontrar a Dios”. Le leé parte del Salmo 1: “Su hoja no cae, todo lo que hace prosperará si tiene fe en el Señor” y ese fue mi débil intento de evangelizar a Nicanor Parra. Se mostró cada vez más agradado con mi visita. Conversamos de su gran edad, de cómo los periodistas le tergiversan todo lo que dice y por eso no hace ya entrevistas, de que su apellido, por noble, lo encierra más de lo que quisiera con la política. Le dije que todo Chile lo ama y que no se preocupe por los periodistas. Los únicos que lo andan persiguiendo son los comunistas y concordamos que después de la invasión a Checoslovakia se había muerto el comunismo (quise decirle, pero no alcancé, cómo también Neruda lo había expresado en su poema “Fin de Mundo”)

Me atreví a decirle algo insolente:

- Usted no es un Anti Poeta -me miró no más-. Usted, como Unamuno, juega con la verdad y la vida; la fe y la nada. Es un poeta anti la mentira cómoda, me parece.

Ya terminada la taza de té le dije:

- I don’t want to overstay my welcome!

Hice señal de irme y me detuvo. Me doy cuenta que él quiere que me sienta bienvenido por él. Tengo la misma impresión del comienzo, su ternura y su cariño, y le ofrecí hacer una oración, pero me hizo el mismo gesto de boxeador diciendo que no. Igual recibió mi bendición y lo abracé cuidadosamente.

- Poeta, no lo abrazo porque le quebraría las costillas por la admiración que siento y la gratitud por estos momentos. Los atesoraré siempre. Ahora lo bendigo y pido que Dios mismo lo acompañe acá y lo llene de su paz.

Sonrió ampliamente y me hizo extraños signos de victoria con el índice y el dedo largo.

- ¡¡Alfred, bien!!  ¡¡Bien, Alfred!!

Parecía un adolescente y me hacía reír de nuevo. Me levanté y le dije:

- Poeta, realmente no debo molestarlo más…

Otra vez el gesto divertido de joven futbolista.

- ¡¡Bravo, Alfred!! ¡¡Bien!!

Me fui retirando de a poco, mirándolo como si me alejara de la presencia de una realeza. Con él todo es un juego.

- Poeta, yo me voy, pero Jesús queda aquí con usted.

- ¡¡Bien, bien, Alfred!! ¡¡Bien!!- me sigue repitiendo.

¡Estaba cuerdo, cuerdísimo y a sus 101 años abarcaba toda su vida en expresión constante, juego poético con todo!

Author: IACH

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