Creemos

Los cristianos de hoy somos poseedores de convicciones que no las hemos inventado nosotros. Creemos en verdades que poseen más de 4 mil años. A través de toda la historia creyentes han amado al Dios de la Biblia, seguido los pasos del carpintero de la cruz y sido apasionados por el poder del Espíritu Santo. Incluso, muchos de ellos prefirieron derramar sus propias vidas antes que tranzar o negar el mensaje que sostenían en sus corazones y labios. En esta sección queremos agradecer a Dios por no ser un Dios silencioso e inalcanzable. Queremos darle gracias por Su palabra y por revelar su gloria en Su Hijo Jesucristo. Y queremos dar gracias a Dios por todos los hermanos y hermanas que, a través de las edades, mantuvieron, guardaron, cuidaron el precioso tesoro de la Fe para que futuras generaciones como las nuestras pudieran conocer al Dios vivo y verdadero. Esperamos, por la gracia de ese mismo Dios que los mantuvo a ellos, ser capaces de predicar ese mismo mensaje a nuestra gente en nuestro tiempo.

Entonces, ¿qué significa esto?

¿Qué es la Iglesia Anglicana?

Una Iglesia histórica
Los libros escolares de historia suelen decir que la Iglesia Anglicana fue inventada por Enrique VIII para legitimar su divorcio. No obstante, debemos decir que la participación de Enrique VIII en la vida de la Iglesia Anglicana consistió en independizarla de la jurisdicción romana. La Iglesia se encontraba en un proceso de reforma que culminaría en el tercer reinado posterior al citado Enrique.
Tan antigua es la presencia del cristianismo en Gran Bretaña, que algunas tradiciones dicen que su fundador fue José de Arimatea, e incluso hay otras que sugieren un viaje misionero del propio San Pablo como origen del anglicanismo.
Sea como sea, el primer hecho histórico que podemos mencionar es la presencia cierta de tres obispos ingleses en el Concilio de Arles, celebrado el año 313.

Una Iglesia reformada
El redescubrimiento de la doctrina de la justificación por la fe por parte de Lutero echó a andar un proceso de reforma de la anquilosada iglesia medieval, sobrecargada de penitencias, peregrinaciones, ayunos, absoluciones, austeridad, misas, reliquias, indulgencias y tantas otras actividades que daban cuenta de su intención de alcanzar la salvación por medio de las obras humanas.
Con el antecedente de Juan Wycliff, quien ya había hecho traducir la Biblia al inglés, la Iglesia de Inglaterra era campo propicio para recibir este redescubrimiento, al influjo del cual brotó una gozosa libertad espiritual imposible de ser contenida por las formas medievales.
La ley que negaba la supremacía papal, presentada por el rey al Parlamento en 1534, dio inicio a la Reforma de la Iglesia en Inglaterra.

Una Iglesia bíblica
El único avance en tiempos de Enrique VIII fue la provisión de biblias en inglés para cada iglesia local. El ímpetu reformador se produce bajo Eduardo VI, período en el cual el entonces Arzobispo de Canterbury, Tomás Cranmer, elabora el “Libro de Oración Común” cuyo origen y propósito es la búsqueda y establecimiento de la verdad bíblica en la vida de la iglesia y de los creyentes. Este libro y sus ediciones posteriores han impreso en el anglicanismo su carácter distintivo.

Una Iglesia comprensiva
Los sufrimientos propios del proceso reformador impulsaron a la Reina Isabel I a darle a la Iglesia un carácter comprensivo y tolerante “no inquiriendo demasiado en las consciencias”. Los 39 Artículos de Religión, aprobados en 1562, definieron los límites de esta política comprensiva, estando la Iglesia dispuesta a la permanente revisión de su teología y de su práctica a la luz de las Sagradas Escrituras.
La expansión de la Iglesia Anglicana todo el mundo, penetrando en las más variadas culturas, ha sido posible gracias a ese espíritu comprensivo que, confiando en la autoridad del Espíritu Santo, evita forzar a sus fieles una conformidad absoluta.

Una Iglesia católica y protestante
La Iglesia Anglicana se considera a sí misma parte genuina de aquella verdadera iglesia, la Iglesia universal, que en todas partes y por todos los siglos ha confesado a Jesús como su Señor y Salvador, no olvidando nunca que la tradición eclesiástica es inferior a la tradición apostólica contenida en la Escritura. Y es precisamente este punto el que explica su protestantismo: no como oposición al catolicismo original sino como su salvaguardia, pues conservar el valor autoritativo de la tradición apostólica es precisamente el objetivo de la Reforma protestante.

Una Iglesia sudamericana
No detallaremos aquí la gran obra del anglicanismo en Brasil y otras zonas del norte de Sudamérica, sólo daremos un panorama de su participación en el cono sur, en donde además de establecer capellanías inglesas en varias ciudades, inició una sacrificada labor entre los nativos de la Patagonia, del Chaco y de la Araucanía.
El capitán Allen Gardiner llega a Chile en 1838 con el proyecto de llegar al pueblo mapuche. Las dificultades le imponen un cambio de objetivo, trasladándose a Tierra del Fuego, a la tierra de los yaganes. En 1851, el entregaría su vida por Cristo, muriendo de hambre en esas lejanías. Pero la Sociedad Misionera para Sudamérica (SAMS) que fundara en 1844 para sostener su empresa misionera permanecería y daría frutos. La inspiración provocada por su compromiso causó que se hicieran muchas ofrendas: tanto materiales como vidas consagradas a la misión. La misión al Chaco, de Barbrooke Grubb (1890), y la misión araucana, de Carlos Sadlier (1894) han seguido hasta hoy, y su influencia en el campo de la educación, la salubridad y el desarrollo son, junto con la obra evangelizadora, un testimonio de su entrega.
En 1958, en la Conferencia de Lambeth, los obispos de la Comisión Anglicana recomendaron la extensión de la misión evangelizadora más allá de los indígenas: a todos los que no conocían a Cristo. En respuesta a este desafío vemos que Brasil y el cono sur de América se han desarrollado al punto de llegar a ser provincias autónomas, en tanto que las diócesis de Centroamérica avanzan rápidamente hacia ello, aumentando el número de sus congregaciones y la ordenación de ministros nacionales.

Los 39 Artículos de Religión, que expresan la doctrina oficial de la Iglesia Anglicana de Chile, tomaron, para todo efecto práctico, su forma actual en el año 1571 en Inglaterra. Fueron la obra de un movimiento teológico que abrazó el enfoque bíblico de la reforma y quiso excluir enseñanzas incompatibles con la revelación bíblica provenientes tanto de la iglesia medieval como de algunas tendencias radicales de la reforma. No son un compendio pleno o sistemático de creencias, sino una declaración de la postura de la Iglesia inglesa sobre algunos de los puntos principales que fueron discutidos en aquel tiempo.
Su propósito fue mantener la unidad de la Iglesia Anglicana en Inglaterra y Gales, evitando el exceso de diversidad y fortaleciendo el común acuerdo sobre la religión verdadera. Al no haber sido revisados por más de 400 años — salvo para adecuar al contexto actual fuera de Inglaterra los art. XXXVI y XXXVII sobre las relaciones con las autoridades civiles —, los Artículos reflejan el ambiente de su época en que la polémica se desarrollaba en paralelo con el estudio crítico. Esto explica la forma severa en que se formulan algunas de las críticas contra los abusos romanos.

Por siglos desde su aprobación oficial en 1571, los ministros de la Iglesia Anglicana hicieron una declaración de asentimiento a los Artículos con ocasión de su ordenación y nombramiento a cargos pastorales. En muchas partes — provincias — de la Comunión Anglicana durante los últimos cincuenta años, la forma de asentimiento ha sido modificada a fin de que represente la aceptación general de los principios resumidos en ellos en vez de la ratificación al pie de la letra de cada afirmación específica. En Chile, se ha retenido deliberadamente una forma de asentimiento específica por considerar que ésta es un requisito de mucha importancia para la protección de una doctrina pura y sana en la Iglesia.

La lectura y el estudio de los artículos también pueden ser de mucho provecho para todos los miembros de la Iglesia para clarificar y enfatizar la enseñanza bíblica de la Iglesia Anglicana sobre los temas que se tratan.. Dicho esto, es necesario agregar que es preciso complementar sus enseñanzas para resolver cuestiones que fueron ignoradas en aquella época y algunos artículos necesitan de interpretación para hacerles relevantes para las circunstancias de hoy, p.ej. el art. XXI sobre los Concilios Generales.
En cuanto a sus énfasis principales, los Artículos pueden dividirse en la manera siguiente [Los números entre paréntesis después de cada grupo señalan algunos artículos que tienen relación especial con asuntos más pertinentes en el día de hoy]:

A.     1-5       El Dios Trino y Uno (1, 2, 4)
B.     6-8       La Regla de la Fe (6)
C.     9-18     La Vida Cristiana Personal (9, 15, 18)
1.     9-14       La Justificación
2.     15-18     La Santificación
D.     19-36   La Vida Cristian en la Comunidad de la Iglesia (20, 25, 28)
1.     19-24     La Iglesia y el Ministerio
2.     25-31     Los Sacrementos
3.     32-36     Problemas de Disciplina en la Iglesia
E.     37-39   Iglesia y Estado.

Gran número de nuestros artículos — 25 de ellos — son aceptados en su forma original como norma de doctrina de las Iglesias Metodistas y Metodistas Pentecostal.

El Artículo 34 contiene una declaración que es especialmente importante para el desarrollo y crecimiento de la Iglesia Anglicana en las repúblicas Sudamericanas. Enfatiza el derecho de cualquier Iglesia nacional de ordenar, modificar y dejar de usar cualquier ceremonia o rito de la Iglesia que haya sido instituido por las autoridades humanas para adecuar su culto para la edificación según sus necesidades particulares.

Artículos 1-5: El Dios Trino y Uno
Estos artículos expresan la compresión bíblica ortodoxa y tradicional de la Iglesia de la naturaleza de Dios en su carácter esencial y su perfecta manifestación en Jesucristo.
Estas declaraciones son comunes a todas las ramas de la Iglesia de Cristo, pero muchas sectas modernas enseñan ideas radicalmente diferentes acerca de Dios y niegan el fundamento básico de la fe Cristiana. Los Mormones, los Testigos de Jehová y la Ciencia Cristiana, no aceptan que Jesucristo es plenamente Dios.

Otras tendencias, como por ejemplo, los Unitarios, Sólo Jesús y el Baha’ismo niegan la personalidad y deidad plena del Espíritu Santo, mientras muchos más no aceptan la autoridad absoluta de las enseñanzas del Hijo de Dios en sus vidas.

Artículos 6-8: La regla de la fe
Estos definen la fuente fundamental y final de autoridad en cualquier asunto de religión y la ubican en la Biblia.

Esto es particularmente importante en la actualidad en América del Sur, cuando por una parte, la Iglesia Romana sigue insistiendo en su derecho absoluto a definir y expresar asuntos de la fe Cristiana, mientras que por otra parte un número creciente de personas considera que ellas mismas tienen la autoridad y derecho de escoger lo que van a creer. Lo expresan diciendo: “¡Tengo fe a mi manera!”.

Ni la iglesia ni el individuo pueden adjudicarse el saber la verdad absoluta de Dios, excepto hasta donde ambos son específicamente instruidos por la enseñanza de la Palabra de Dios y se basan firmemente en ella.

Artículos 9-18: La Vida Cristiana Personal

La Justificación (9-14):
Comenzando con la naturaleza del pecado, estos artículos enseñan que los seres humanos no pueden lograr su propia salvación. La predisposición hacia el pecado es una característica universal y fundamental de la naturaleza humana. Ponen énfasis en el hecho de que una fe viva en Jesucristo es el único camino a la salvación. Esta no puede ser jamás premio al mérito nuestro, sino que todo es el resultado del favor inmerecido de Dios hacia nosotros.

La Santificación (15-18):
El cristiano convertido y comprometido es todavía un pecador: caerá y tendrá que arrepentirse. Las buenas obras deben caracterizar el comportamiento cristiano, pero nunca pueden proveernos méritos que justifiquen nuestra salvación. La forma pastoral en que el art. XVII trata el tema complicadísimo de la predestinación es digno de elogió; pero tal vez el artículo más relevante para hoy sea el que lo sigue en que se enfatiza de nuevo que ni las buenas intenciones ni las buenas obras serán suficientes para conseguir la salvación: ésta se encuentra solamente en Cristo.

Artículos 19-36: La vida cristiana en la comunidad de la Iglesia

Su propósito fue el de clarificar la enseñanza bíblica en contraste con la enseñanza de la Iglesia de Roma por un lado y de los Anabaptistas por el otro lado. En algunos casos se hace referencia a doctrinas y prácticas específicas.

La Iglesia y el ministerio (19-24): 
En particular tratan las limitaciones de la Iglesia como institución humana que puede errar. La Iglesia organizada tiene una autoridad legítima en asuntos secundarios de gobierno y práctica de la adoración, pero tal autoridad es siempre secundaria a la Palabra de Dios. Por esta razón no puede introducir nuevas doctrinas o demandar fe en cosas que la Escritura no enseña claramente.

Una de las funciones de la Iglesia es mantener el debido orden en el ministerio y nadie debe ejercer un ministerio solamente porque él siente un llamado: este debe ser ratificado por la comunidad.

Los Sacramentos (25-31): 
Esta sección trabaja temas que eran muy controversiales. Los sacramentos dependen de la gracia de Dios por su intermedio el Señor obra en el cristiano. Queda claro que, para los anglicanos, son solamente dos los sacramentos instituidos por nuestro Señor. Además, aunque su eficacia depende de la gracia de Dios, es preciso usarlos dignamente y con fe para poder conseguir plenamente los beneficios que ellos significan. El tema de la Santa Comunión fue tan discutida que fue necesario dedicar cuatro artículos a él.

Problemas de disciplina en la Iglesia (32-36)
: No hay un tratamiento competo, sino que se define la respuesta anglicana a cinco problemas específicos: los clérigos tienen derecho a casarse; la excomunión y sus consecuencias prácticas; las tradiciones de la Iglesia; normas para doctrina sana, y la validez de las ordenaciones anglicanas.

Artículo 37-39: Iglesia y estado
Estos artículos finales ayudan a definir las distintas esferas y jurisdicciones de las autoridades civiles y eclesiásticas. Dadas las grandes diferencias entre las condiciones sociales y políticas del siglo XVI y del XXII, es la sección que necesita de más complementación que cualquier otra.

En oposición a algunos anabautistas y reformadores radicales, se consagra el derecho individual a la propiedad privada y se clarifican algunos asuntos y prácticas que pueden causar problemas a las conciencias del pueblo Cristiano: en particular el tomar las armas en defensa de su propio país y el uso de juramento en el caso de procedimientos legales.

El texto definitivo en inglés data de 1571. La versión a continuación es una traducción fiel en un estilo más contemporáneo salvo que, como es de costumbre en muchas partes de la Comunión Anglicana, la redacción de los artículos XXXVI y XXXVII ha sido modificada para adecuarlos a la situación actual de la Iglesia en América Latina [ver nota 1]. Difiere en algunos detalles del texto publicado en el Libro de Oración Común y Manual de la Iglesia Anglicana de 1973 visto que este libro contiene errores de traducción e impresión que pasaron inadvertidos en aquel momento.

I. De la Fe en la Santísima Trinidad
Hay un solo Dios vivo y verdadero, eterno, sin cuerpo, partes o pasiones; de infinito poder, sabiduría y bondad; el creador y conservador de todas las cosas tanto visibles como invisibles. Y en la unidad de esta naturaleza Divina hay tres personas de una misma substancia, poder y eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

II. Del Verbo, O del Hijo de Dios, que fue hecho Verdadero Hombre
El Hijo, que es Verbo del Padre, engendrado del Padre desde la eternidad, verdadero y eterno Dios, de una misma substancia con el Padre, tomó la naturaleza humana en el vientre de la Bienaventurada Virgen de su substancia, de modo que las dos naturalezas Divina y Humana entera y perfectamente fueron unidas en una misma persona para no ser jamás separadas, de lo que resultó un solo Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre; que verdaderamente padeció, fue crucificado, muerto y sepultado para reconciliarnos su Padre, y para ser Víctima no solamente por la culpa original, sino también por todos los pecados actuales de los hombres.

III. De La bajada de Cristo a los infiernos
Así como Cristo murió por nosotros y fue sepultado, así también debemos creer que descendió a los infiernos.

IV. De la Resurrección de Cristo
Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos, y tomó de nuevo su cuerpo, con carne, huesos, y todas las cosas que pertenecen a la integridad de la naturaleza humana; con la cual él subió al Cielo, y allí está sentado hasta que vuelva a juzgar todos los hombres en el último día.

V. Del Espíritu Santo
El Espíritu Santo, procedente del Padre y del Hijo, es de una misma substancia, majestad, y gloria, con el Padre y con el Hijo, verdadero y eterno Dios.*

VI. De la suficiencia de las Santas Escrituras para salvación
La Escritura Santa contiene todas las cosas necesarias para la salvación. De modo que cualquiera cosa que ni en ella se lee ni con ella se prueba, no debe exigirse de hombre alguno que la crea como artículo de Fe, ni debe ser tenida por requisito para la salvación. Bajo el nombre de Escritura Santa entendemos aquellos libros Canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento de cuya autoridad nunca hubo duda alguna en la Iglesia.

  • De los Nobres y Número de los Libros Canónicos
  • El Génesis El 1 Libro de las Crónicas
  • El Éxodo El 2 Libro de las Crónicas
  • Levítico El 1 Libro de Esdras
  • Números El 2 Libro de Esdras (Nehemías)
  • Deuteronomio El Libro de Ester
  • Josué El Libro de Job
  • Jueces Los Salmos
  • Ruth Los Proverbios
  • El 1 Libro de Samuel El Eclesiastés o Predicador
  • El 2 Libro de Samuel Los Cantares de Salomón
  • El 1 Libro de los Reyes Los 4 Profetas Mayores
  • El 2I Libro de los Reyes Los 12 Profetas Menores

Los otros libros (como dice san Jerónimo) los lee la Iglesia para ejemplo de vida e instrucción de las costumbres; con todo, no los aplica para establecer doctrina alguna. Tales son las siguientes:

  • El 3 Libro de Esdras Baruc el Profeta
  • El 4 Libro de Esdras El Cántico de los tres Mancebos
  • El Libro de Tobías La Historia de Susana
  • El Libro de Judit De Bel y el Dragón
  • El Resto del libro de Ester La Oración de Manasés
  • El Libro de la Sabiduría El 1 Libro de los Macabeos
  • Jesús el Hijo de Sirac El 2 Libro de los Macabeos
  • Recibimos y contamos por canónicos todos los Libros del Nuevo Testamento según son recibidos comúnmente.

VII. Del Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento no es contrario al Nuevo; puesto que en ambos, Antiguo y Nuevo, se ofrece vida eterna al género humano por Cristo, que es el solo mediador entre Dios y el Hombre, siendo él Dios y Hombre. Por la cual no deben ser escuchados los que se imaginan malamente que los antiguos patriarcas solamente tenían su esperanza puesta en promesas temporales. Aunque la ley de Dios dada a través de Moisés no obliga a los cristianos en lo tocante a ceremonias y ritos, ni deben recibirse necesariamente sus preceptos civiles en ningún estado; no obstante, ningún cristiano está exento de la obediencia a los preceptos que se llaman morales.

VIII. De los Credos
Los tres Credos, el Niceno, el de Atanasio, y el comúnmente llamado de los Apóstoles, deben ser admitidos y creídos enteramente, porque pueden ser probados por el testimonio muy cierto de las Santas Escrituras.

IX. Del Pecado Original o del nacimiento
El Pecado original no consiste en la imitación de Adán (como vanamente propalan los Pelagianos), sino que es el vicio y corrupción de la naturaleza de todo hombre que es engendrado naturalmente de la estirpe de Adán. Por esto el hombre dista muchísimo de la justicia original y es por su misma naturaleza inclinado al mal, de suerte que la carne siempre está contra del espíritu. Por lo tanto, toda persona que nace en este mundo merece la ira divina y la condenación. Esta infección de la naturaleza permanece aun también en los que son regenerados; por cuya causa esta inclinación de la carne (llamada en Griego phronema sarkos, que unos interpretan la sabiduría, otros la sensualidad, algunos la afección y algunos otros el deseo de la carne) no se sujeta a la ley de Dios. Y aunque no hay condenación alguna para los que creen y son bautizados, el Apóstol confiesa que la concupiscencia y mala inclinación tienen de sí mismas naturaleza de pecado.

X. Del libre albedrío
La condición del hombre después de la caída de Adán es tal, que, por su natural fuerza y buenas obras, ni puede convertirse ni prepararse a sí mismo a la fe e invocación de Dios. Por tanto no tenemos poder para hacer buenas obras gratas y aceptables a Dios, sin que la Gracia de Dios por Cristo no proceda para que tengamos buena voluntad y obre en nosotros cuando tenemos esa buena voluntad.

XI. De la justificación del hombre
Somos tenidos por justos delante de Dios solamente por el mérito de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la fe y no por nuestras obras o merecimientos. Por lo cual, es doctrina muy saludable y muy llena de consuelo que somos justificados solamente por la fe, como más largamente se expresa en la Homilía de la Justificación.

XII. De las buenas obras
Aunque las buenas obras que son fruto de la fe, y se siguen a la justificación, no pueden expiar nuestros pecados, ni soportar la severidad del juicio Divino; son, no obstante, gratas y aceptables a Dios en Cristo, y nacen necesariamente de una verdadera y viva fe; de manera que por ellas puede conocerse la fe viva tan evidentemente como se juzga al árbol por su fruto.

XIII. De las obras antes de la justificación
Las obras hechas antes la gracia de Cristo y de la inspiración de su Espíritu no son agradables a Dios porque no nacen de la fe en Jesucristo. Tampoco hacen a los hombres dignos de recibir la gracia ni (en lenguaje escolástico) merecen “de congruo” la gracia. Antes bien, no dudamos que tengan naturaleza de pecado, porque no son hechas como Dios ha querido y mandado que se hagan.

XIV. De las obras de supererogación
Aquellas obras voluntarias no comprendidas en los Mandamientos Divinos —llamadas obras de supererogación— no pueden enseñarse sin arrogancia e impiedad, porque por ellas los hombres declaran que no solamente rinden a Dios todo cuanto están obligados a hacer, sino que por amor suyo hacen más de lo por el deber riguroso les es requerido; siendo que Cristo claramente dice: Cuando hubiereis hecho todas las cosas que os están mandadas, decid: Siervos inútiles somos.

XV. De Cristo, el único sin pecado
Cristo en la realidad de nuestra naturaleza fue hecho semejante a nosotros en todas las cosas, excepto en el pecado, del cual fue claramente exento, tanto en su carne como en su espíritu. Vino para ser el Cordero sin mancha que quitase los pecados del mundo mediante el sacrificio de sí mismo hecho una sola vez. Como dice San Juan, no hubo en él pecado. Pero nosotros, todos los demás hombres, aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, todavía lo ofendemos en muchas cosas; y, si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.

XVI. Del pecado después del bautismo
No es pecado contra el Espíritu Santo e irremisible todo pecado mortal voluntariamente cometido después del Bautismo. Por lo cual, a los caídos en pecado después del Bautismo no debe negarse la gracia del arrepentimiento. Después de haber recibido el Espíritu Santo, nos podemos apartar de la gracia recibida y caer en pecado y, por la gracia de Dios, levantarnos de nuevo y enmendar nuestras vidas. Por lo tanto, debe condenarse a los que dicen que ya no pueden pecar mientras vivan, o los que niegan que puedan ser perdonados los que verdaderamente se arrepientan.

XVII. De la predestinación y elección
La predestinación a la vida es el eterno propósito de Dios, por el cual —antes que fuesen echados los cimientos del Mundo— Él, por su invariable consejo a nosotros oculto, decretó librar de maldición y condenación a los que eligió en Cristo de entre todos los hombres, y conducirlos por Cristo a la salvación eterna, como a vasos hechos para honor. Por lo cual, los agraciados con ese excelente beneficio de Dios son llamados según el propósito divino por su Espíritu que obra a su debido tiempo; obedecen por gracia la vocación; son justificados gratuitamente; son hechos Hijos de Dios por adopción; son hechos conforme a la imagen de su Unigénito Hijo Jesucristo; viven religiosamente en buenas obras, y finalmente llegan por la divina misericordia a la eterna felicidad.

Por un lado, la consideración piadosa de la predestinación y de nuestra elección en Cristo está llena de un dulce, suave e inefable consuelo para las personas piadosas y quienes sienten en si mismas la operación del Espíritu de Cristo, que va mortificando las obras de la carne y sus miembros terrenales y levantando su mente a las cosas elevadas y celestiales, no sólo porque establece de gran manera y confirma su fe en la salvación eterna que han de gozar por medio de Cristo, sino porque enciende también su amor ferviente hacia Dios: pero, por otro lado, para las personas curiosas y carnales que carecen del Espíritu de Cristo, el tener continuamente delante de sus ojos la sentencia de la predestinación divina es un precipicio muy peligroso, por el cual el diablo los arrastra a la desesperación o la miseria de una vida muy impura que no es menos peligrosa que la desesperación.
Además, debemos recibir las promesas divinas del modo que nos son generalmente propuestas en la Escritura Santa y en nuestro actuar seguir aquella Divina Voluntad que tenemos declarada en la palabra de Dios.

XVIII. Del obtener la salvación eterna solamente por el nombre de Cristo
Deben asimismo ser anatematizados aquellos que presumen decir que todo hombre será salvo por la ley o secta que profesa, con tal que sea diligente en conformar su vida con aquella ley y con la luz de la naturaleza. Porque la Escritura Santa nos propone sólo el nombre de Jesucristo por medio del cual únicamente han de salvarse los hombres.

XIX. De la Iglesia
La Iglesia visible de Cristo es una congregación de hombres fieles en la cual es predicada la pura Palabra de Dios y los sacramentos son debidamente administrados conforme a la institución de Cristo en todas aquellas cosas que para ellos necesariamente se requieren.

Así como las Iglesias de Jerusalén, de Alejandría y de Antioquía erraron, así también ha errado la Iglesia de Roma, no sólo en cuanto a la práctica, ritos y ceremonias; sino también en materias de fe.

XX. De la autoridad de la Iglesia
La Iglesia tiene poder para decretar ritos o ceremonias y autoridad en las controversias de fe. Sin embargo, no es lícito a la Iglesia ordenar cosa alguna contraria a la Palabra de Dios escrita, ni puede exponer un pasaje de la escritura de modo que contradiga a otro. Por lo cual, aunque la Iglesia sea testigo y custodio de los Libros Santos, sin embargo, así como no es licito decretar nada contra ellos, igualmente no debe presentar cosa alguna que no se halle en ellos para que sea creída como necesaria para la salvación.

XXI. De la autoridad de los concilios generales
No pueden congregarse Concilios Generales sin el mandamiento y autoridad de los Príncipes; y cuando están congregados, (como son una junta de hombres en la que no todos son gobernados por el Espíritu y Palabra de Dios), ellos pueden errar —y algunas veces han errado— aún en las cosas pertenecientes a Dios. Por lo cual, las cosas ordenadas por ellos como necesarias para la salvación no tienen fuerza ni autoridad, a no ser que pueda evidenciarse que fueron sacadas de las Santas Escrituras.

XXII. Del purgatorio
La doctrina romana concerniente al purgatorio, indulgencias, veneraciones y adoración, así de imágenes como de reliquias, y la invocación de los santos, es una cosa tan fútil como vanamente inventada, que no se funda sobre ningún testimonio de las Escrituras, sino más bien repugna a la Palabra de Dios.

XXIII. Del ministrar en las iglesias
No es lícito a hombre alguno tomar sobre sí el oficio de la predicación pública, o de la administración de los sacramentos de la Iglesia, sin ser antes legítimamente llamado y enviado a ejecutarlo. Debemos juzgar por legítimamente llamados y enviados los que fueron escogidos y llamados a esta obra por los hombres que tienen autoridad pública concedida por la Iglesia para llamar y enviar ministros a la viña del Señor.

XXIV. Del hablar en la iglesia en lengua que entiende el pueblo
Celebrar el culto divino en la Iglesia o administrar los sacramentos en lengua que el pueblo no entiende, es una cosa claramente repugnante a la Palabra de Dios y a la costumbre de la Iglesia primitiva.

XXV. De los sacramentos
Los sacramentos instituidos por Cristo no solamente son señales de la profesión de los Cristianos, sino más bien testimonios ciertos y signos eficaces de la Gracia y buena voluntad de Dios hacia nosotros, por las cuales obra Él invisiblemente en nosotros, y aviva no sólo nuestra fe, sino que también la fortalece y confirma.

Dos son los sacramentos ordenados por nuestro Señor Jesucristo en el Evangelio, a saber: el Bautismo y la Cena del Señor.

Aquellos otros cinco comúnmente llamados sacramentos, a saber: confirmación, penitencia, orden, matrimonio y extremaunción, no deben reputarse sacramentos del Evangelio, habiendo en parte emanado de una imitación pervertida de los Apóstoles, y siendo en parte estados de vida aprobados en las Escrituras; pero que no tienen la esencia de sacramentos, como la tienen el Bautismo y la Cena del Señor, porque carecen de signo alguno visible o ceremonia ordenada de Dios.

Los sacramentos no fueron instituidos por Cristo para ser mirados o llevados en procesión, sino para que los usásemos debidamente. Solamente producen el efecto saludable en aquellos que los reciban dignamente; pero los que indignamente los reciben adquieren para sí mismos condenación, como dice san Pablo.

XXVI. Que la indignidad de los ministros no impide el efecto de los sacramentos
Aunque en la Iglesia visible están siempre los malos mezclados con los buenos, —y alguna vez los malos tengan autoridad superior en el Ministerio de la Palabra y de los sacramentos—; con todo, como no lo hacen en su propio nombre, sino en el de Cristo, administrándolos por comisión y autoridad de él, nosotros nos valemos de su ministerio debidamente, oyendo la Palabra de Dios y recibiendo los sacramentos. Ni el efecto de la institución de Cristo se frustra por su iniquidad, ni la gracia de los dones divinos se disminuye con respecto a aquellos que con fe y rectamente reciben los sacramentos que les administran; los cuales son eficaces a causa de la institución y promesa de Cristo, aunque sean administrados por los malos.

Pertenece, empero, a la disciplina de la Iglesia el que se inquiera sobre los malos ministros, que sean acusados por los que tengan conocimiento de sus crímenes; y que, hallados finalmente culpables, se disponga de ellos a través de un justo juicio.

XXVII. Del bautismo
El Bautismo no solamente es signo de profesión y nota de distinción con la que se diferencian los cristianos de los no cristianos; sino que es también signo de la regeneración, por el cual, como por instrumento, los que reciben rectamente el Bautismo son injertados en la Iglesia, las promesas de la remisión de los pecados y de nuestra adopción como Hijos de Dios por el Espíritu Santo, son visiblemente selladas, la fe es confirmada, y la gracia aumentada por virtud de la oración a Dios.
El Bautismo de niños debe conservarse enteramente en la Iglesia, como muy conforme con la institución de Cristo.

XXVIII. De la cena del Señor
La Cena del Señor no es solamente signo del amor mutuo que los cristianos deben tener entre sí; sino más bien un sacramento de nuestra redención por la muerte de Cristo: de modo que para los que recta y debidamente y con fe la reciben, el pan que partimos es la participación del cuerpo de Cristo, y del mismo modo la copa de bendición es la participación de la sangre de Cristo.
La transubstanciación —o la mutación de la substancia— del pan y del vino en la Cena del Señor, no puede probarse por las Santas Escrituras: más bien repugna a las palabras terminantes de los Libros Sagrados, trastorna la naturaleza de sacramento, y ha dado ocasión a muchas supersticiones.

El Cuerpo de Cristo se da, se toma, y se come en la Cena de un modo celestial y espiritual únicamente; y el medio por el cual el Cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena es la fe.

El Sacramento de la Cena del Señor ni se reservaba, ni se llevaba en procesión, ni se elevaba, ni se adoraba, en virtud de mandamiento de Cristo.

XXIX. De los impíos; quienes no comen el cuerpo de Cristo en la cena del Señor
Los impíos y los que no tienen fe viva, aunque compriman carnal y visiblemente con sus dientes, —como dice San Agustín— el sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, no por eso son en manera alguna participantes de Cristo: antes bien, para su condenación, comen y beben el signo o sacramento de una cosa tan grande.

XXX. De las dos especies
La Copa del Señor no debe negarse a los laicos; pues que ambas partes del Sacramento del Señor, por institución y mandato de Cristo, deben administrarse igualmente a todos los cristianos.

XXXI. De la única oblación de Cristo consumada en la cruz
La oblación de Cristo hecha una sola vez, es la perfecta redención, propiciación y satisfacción por todos los pecados —tanto original como actuales— de todo el mundo. No hay otra satisfacción por los pecados, sino ésta únicamente. Y así los sacrificios de las misas —en las que se decía comúnmente que el presbítero ofrecía a Cristo en remisión de la pena o culpa por los vivos y los difuntos— son fábulas blasfemas y engaños perniciosos.

XXXII. Del matrimonio de los presbíteros
Ningún precepto de ley divina manda a los obispos, presbíteros y diáconos vivir en el estado de celibato o abstenerse del matrimonio. Al igual que a los demás cristianos, les es lícito también contraer a su discreción el estado del matrimonio, si juzgan que así les conviene mejor para la piedad.

XXXIII. Como deben evitarse las personas excomulgadas
La persona que por pública denuncia de la Iglesia es separada de la unidad de la Iglesia y debidamente excomulgada, debe ser reputada como pagana y publicana por todos los fieles, mientras por medio de penitencia no sea reconciliada públicamente y recibida en la Iglesia por un juez competente.

XXXIV. De las tradiciones de la iglesia
No es necesario que las tradiciones y ceremonias sean en todo lugar las mismas o totalmente parecidas, porque en todos los tiempos eran diversas [ver nota 3], y pueden mudarse según la diversidad de países, tiempos y costumbres, con tal que en ellas no se establezca nada contrario a la Palabra de Dios.

Cualquiera que por su privado juicio voluntaria e intencionalmente quebrante en forma manifiesta aquellas tradiciones y ceremonias de la Iglesia que no son contrarias a la Palabra de Dios y que están ordenadas y aprobadas por la autoridad pública, debe, para que teman otros hacer lo mismo, ser públicamente reprendido como perturbador del orden publico de la Iglesia, como despreciador de la autoridad del magistrado, y como alguien que vulnera las conciencias de los hermanos débiles.
Toda Iglesia particular o nacional tiene autoridad para instituir, mudar o abrogar las ceremonias o ritos eclesiásticos instituidos únicamente por la autoridad humana, con tal que todo se haga para edificación.

XXXV. De las homilías
El segundo tomo de las homilías, cuyos títulos hemos reunidos al pie de este Articulo, contiene una doctrina piadosa, saludable y necesaria para estos tiempos, e igualmente el primer tomo de las homilías publicadas en tiempo del Rey Eduardo Sexto, y por lo tanto juzgamos que deben ser leídas por los Ministros diligentemente y con claridad en las Iglesias, para que el pueblo las entienda.

Nombres de las Homilías:

  • Del recto uso de la Iglesia
  • Contra el peligro de la idolatría
  • De la reparación y aseo de las Iglesias
  • De las buenas obras; y del ayuno en primer lugar
  • Contra la glotonería y embriaguez
  • Contra el lujo excesivo de vestido
  • De la oración
  • Del lugar y tiempo de la Oración
  • Que las Oraciones públicas y los Sacramentos deben ministrarse en lengua conocida
  • De la respetuosa estima de la Palabra de Dios
  • Del hacer limosnas
  • De la Navidad de Cristo
  • De la Pasión de Cristo
  • De la Resurrección de Cristo
  • De la digna recepción del Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo
  • De los dones del Espíritu Santo
  • Para los días de rogativa
  • Del estado de matrimonio
  • Del arrepentimiento
  • Contra la ociosidad
  • Contra la rebelión

XXXVI. De la consagración de los obispos y ministros
La forma de la consagración, ordenación e institución de los Obispos, Presbíteros y Diáconos según el rito de la Iglesia de Inglaterra publicada junto con el Libro de Oración Común de 1662 contiene todas las cosas necesarias a tal consagración y ordenación y nada hay en ella que sea esencialmente supersticioso o impío; Y por tanto, quienes hayan sido consagrados u ordenados según los ritos de aquel libro o según ritos equivalentes, son y serán consagrados y ordenados recta, ordenada y lícitamente [ver nota 4].

XXXVII. La autoridad civil
El Jefe del Estado tiene autoridad suprema en su país. Él no es responsable por el Ministerio de la Palabra de Dios y los Sacramentos, sino por el gobierno justo de todos los que están encomendados a su cargo, para refrenar toda maldad y mantener el orden, y para guardar la libertad de culto de todos los ciudadanos.
Los cristianos tienen libertad para tomar las armas en el servicio de su patria [ver nota 5].

XXXVIII. Que los bienes de los cristianos no son comunes
Las riquezas y los bienes de los cristianos no son comunes en cuanto al derecho, titulo y posesión, como falsamente se jactan ciertos anabaptistas. Pero todas deben dar a los pobres liberalmente limosna de lo que poseen, según sus posibilidades.

XXXIX. Del juramento del cristiano
Así como confesamos estar prohibido a los cristianos por nuestro Señor Jesucristo, y por su apóstol Santiago, el juramento vano y temerario; así también juzgamos que la religión cristiana de ningún modo prohíbe que uno jure cuando lo exige la autoridad civil en causa de fe y caridad, con tal que esto se haga según la doctrina del Profeta, en justicia, en juicio y en verdad.

La presencia anglicana en Chile se remonta a los años 1830, con la llegada del capitán inglés Allen Gardiner, quien tenía la visión de evangelizar a los indígenas en el sur. También por esa época, las pequeñas pero influyentes comunidades británicas obtienen permisos oficiales para celebrar discretos cultos en los consulados y en los buques ingleses. La primera iglesia construida es la de St. Paul’s en Valparaíso, que inauguró sus servicios en 1869.

Organización:
En la actualidad la Iglesia Anglicana en Chile constituye una “Diócesis”, la que pertenece a la Provincia del Cono Sur de América, junto con las diócesis de Argentina, Argentina Norte, Bolivia, Paraguay, Perú y Uruguay. Las provincias anglicanas son autónomas, pero están unidas por lazos de afecto y lealtad con la Comunión Anglicana -como se le llama al anglicanismo en el mundo- y con el Arzobispo de Canterbury. El Arzobispo convoca, cada 10 años, a la Conferencia de Lambeth, en Canterbury, Inglaterra. Esta es una reunión de todos los obispos anglicanos y tiene un carácter consultivo.

La Iglesia Anglicana tiene como máxima autoridad el Sínodo, instancia que reúne a miembros laicos y clérigos, representando a las iglesias de las distintas regiones del país.

El Sínodo se celebra cada tres años. Este elige una “comisión permanente” que se reúne tres o cuatro veces al año.

Liderazgo:
En el ministerio, se consideran las órdenes tradicionales de la Iglesia cristiana: Obispos, Presbíteros y Diáconos. Cada Iglesia local tiene un pastor a quien reconoce como la autoridad que encabeza los aspectos espirituales y ministeriales. Los obispos son elegidos mediante un proceso de selección y consulta, que finalmente dirime un Colegio Electoral, de amplia representación. En Chile hay también un Obispo auxiliar para la zona sur, el Revmo. Abelino Apeleo Puel.

Los asuntos administrativos de cada iglesia, son velados por un Concilio (compuesto de cinco o más personas) que se elige democráticamente entre los miembros.

Cada iglesia contribuye a la Diócesis para financiar los gastos episcopales, administrativos, provinciales y de Educación Teológica.

Membresía:
Consideramos el bautismo* como el inicio de la vida cristiana y bautizamos también a los hijos de padres creyentes, comprometidos con llevarles paso a paso hacia una fe madura. Posteriormente, la persona puede “confirmarse”.

La confirmación es una ceremonia muy significativa, presidida por el Obispo, en la que la persona se compromete con Cristo y renueva las promesas de su bautismo.

A través de ella, también, la persona pasa a ser miembro pleno de la iglesia, con derecho a votar en las asambleas.
*Aceptamos el bautismo efectuado con agua y en nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo, de modo que quienes fueron bautizados en otras iglesias cristianas y se comprometen con Cristo en nuestra iglesia, no son obligadas a re-bautizarse.

Extensión:
Existen en el país aproximadamente 80 congregaciones, desde Arica hasta Punta Arenas. Los grandes centros urbanos en Santiago y Valparaíso, como también las dispersas congregaciones rurales en la zona de la Araucanía, concentran la mayor parte de nuestra membresía.

Consagraciones:
Cada año, nuevos diáconos y presbíteros completan su periodo de formación y de estudios para dedicarse, en tiempo completo o parcial, al servicio de las iglesias en nuestro país.

 

Creo en Dios, Padre todopoderoso,
Creador del cielo y de la tierra.
Creo en Jesucristo, su único hijo, Señor nuestro,
que fue concebido por el Espíritu Santo,
nació de María virgen;
padeció bajo el poder de Poncio Pilato,
fue crucificado, muerto y sepultado.